sábado

La partida

Partir, c’est mourir un peu –dijo el amigo francés al argentino que se iba.

.
Con una última mirada recorrió la casa: de los clavos sin cuadros pendían trece años de su vida; las paredes, que pintó de presente y habían tomado el color del pasado, parecían un palimpsesto recientemente pintadas con látex blanco; las bibliotecas estaban vacías esperando acoger a nuevos huéspedes, pero aunque éstos contaran las mismas historias, su historia no sería la misma.

.
.Cerró la puerta. Entregó las llaves. Fue el último gesto de su partida.

viernes

El grito de Job y el silencio de Dios


Somos Job.


Un día perdemos quinientas yuntas de bueyes y quinientas asnas, y decimos: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allí. Y Dios nos responde amorosamente entregándonos mil yuntas de bueyes y mil asnas.


Otro día cae fuego de lo alto en nuestra hacienda abrasando siete mil ovejas, y decimos: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Y Dios nos responde amorosamente entregándonos catorce mil ovejas.


Otro día se apoderan de nuestros tres mil camellos, y decimos: ¡Bendito sea Dios! Y Dios nos responde amorosamente entregándonos seis mil camellos.


Hasta que un día viene el único mensajero que sobrevivió para darnos la noticia: un gran viento sacudió la casa de nuestro primogénito dejando muertos a nuestros siete hijos y a nuestras tres hijas. Estremecidos caemos al suelo y, con los puños y los ojos cerrados, balbucimos: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allí. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea Dios! Y Dios, una vez más, nos responde amorosamente entregándonos un hijo: un varón pequeño y bello, puro e indefenso, a quien amamos con el amor de sus diez hermanos muertos. Y damos gracias a Dios con todo nuestro corazón diciendo una y otra vez: Bendeciré al Señor en todo tiempo; que en todo tiempo esté en mis labios su alabanza.

.
.

Pero un día llega la lepra. Y la monstruosa enfermedad no roza siquiera nuestro cuerpo, sino que, despiadada e implacable, se apodera de nuestro hijito. Toda palabra muere. Todo pensamiento mata.


Ante el dolor se alejan las falsas amistades dando lugar a los amigos de Job. Nuestros amigos, a diferencia de los veterotestamentarios, no callan durante siete días y siete noches al ver que nuestro dolor es grande, sino que inmediatamente buscan las palabras para consolarnos. O mejor dicho, repiten las palabras, dichas una y otra vez ante cualquier dificultad, con las que sinceramente quieren consolarnos, mas no parecen comprender lo que éstas significan ante el dolor. Es la Voluntad de Dios, dicen incesantemente, con la seguridad y la paz de quien tiene sus propios hijos sanos.


La lepra, dueña de nuestro hijo, comienza a cubrir nuestra alma y lacerados por la úlcera del dolor gritamos: ¡Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: Ha sido concebido varón! ¿Por qué no morí en el seno de mi madre, ni expiré al salir de sus entrañas? ¿Por qué no morí antes del nacimiento de mi hijo si éste había de sufrir y morir? Apodérense las tinieblas de la noche en que mi padre me engendró, porque engendré un hijo que muere sin saber qué es la vida. Cúbrase de oscuridad el día en que nací, porque procreé un hijo que sufre sin saber qué es la alegría. Estoy sin tranquilidad, sin paz, sin descanso, se ha apoderado de mí la turbación. ¡Maldita la noche que fui concebido y maldito el día que fui dado a luz!


Nuestra mujer, con el niño en brazos, viperinamente nos susurra: Maldice a Dios, maldícelo; ¿acaso no es ésta su Voluntad? ¿Cuál es su respuesta amorosa? Tú gritas y Él calla; maldícelo, maldícelo. Maldícelo y muérete.


.

Es la oscuridad de la hora nona.


La soledad del Getsemaní.


El silencio del Calvario.


.

Como el leproso nos postramos suplicantes y decimos: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Enternecido, extiende su mano y tocándonos dice: Quiero; sígueme y serás limpio.


Y en la oscuridad de nuestra hora nona, tenuemente comienza a brillar la Luz Crucificada: nuestro clamor es apenas un débil eco del Grito de Job, ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? La tierra tembló, los muertos resucitaron, el velo del templo se rasgó; mas Dios calló. Ante nuestro dolor Dios responde amorosamente con el terrible silencio que envuelve una sola Palabra: el Logos encarnado y desangrado por amor.


Y en la soledad de nuestro Getsemaní no hay ningún ángel del cielo para reconfortarnos, sino el mismísimo Rey de cielos y tierra ante Quien los serafines cubren su rostro. Él, que lleno de angustia bebió el Cáliz de la Voluntad Divina, nos ofrece a nosotros, sus indignos siervos, beber de la misma Copa Imperial.


Y en el silencio de nuestro Calvario escuchamos al Verbo, Rey de reyes coronado de espinas, que habiendo elegido reinar desde la Cruz, nos ofrece el inmerecido honor de subir a su Trono, dignidad jamás obsequiada a querubín alguno de los que rodean el trono celestial.

.


Gólgota, Sagrario de la Locura Divina, donde el Amante es el Padre Silente y el Amado es el Hijo Sufriente; Gólgota, sólo en ti encuentra el dolor humano al Amor Divino, dos maderos unidos por la fe de donde brota la esperanza y el amor.



Somos Job y esperamos. Porque el Verdadero Job ha resucitado.


.

Colores


– El kopek ruborizado se oculta entre las firmezas perfumadas que crecen sobre el frío temeroso. – dije convencido de que ella entendería.

– El sol se oculta entre los pinos que crecen sobre... ¿sobre la nieve? – tradujo perfectamente la niña. Al ver que yo asentía contento agregó: – ¿Por qué la nieve tiene miedo?

– Eso no lo sé. Pero sé el miedo la hace palidecer.

– Y el sol, ¿por qué tiene vergüenza? Ahora está rojo, pero no siempre está rojo.

– Sí, pero recuerdo que una vez el Padre Anatoly se conmovió mucho en un atardecer porque el sol estaba absolutamente rojo. Por eso, para mí, el astro está siempre ruborizado... conmoviendo a los hombres...

Sólo a ella había descubierto mi locura de dar a las cosas nuevos nombres: habiendo nacido huérfano en la prosa sin vista, compensaba así mi ignorancia sobre la poesía de los colores.

– Toma, Batiushka, come. Te he traído... ¡un kopek avergonzado que tiene frío miedoso por dentro! – dijo riendo mi Mashenka.

– Gracias, me has dado un sol que oculta nieve en su interior. – respondí yo, comprendiendo que me daba un fruto rojo que se vería blanco al morderlo.

– Dime, Batiushka, ¿quién te enseñó este juego?

– Nadie. Aunque el Padre Anatoly fue quien me dio la idea. – Callé un momento pues dudaba en contar aquella conversación vergonzosa para mí, pero decidí hablar. Ella me entendería. – La primera vez que el Padre Anatoly me habló de Dios le hice la pregunta con que interrumpía todo diálogo: ¿de qué color es? Él no rió de mi pregunta ciega e infantil, sino que me respondió: “Dios es dorado. En los íconos el dorado simboliza la Divinidad, la Eternidad.” Entonces a Dios lo llamé Dorado. – No le dije que luego amé llamarlo Luz Gozosa.

– Pero no entiendo, Batiushka, ¿por qué llamabas a Dios con un color si no tiene ninguno?

– Recuerda que yo no veo los colores. Aunque sé que existen, que me rodean, que están en todas las cosas que toco o escucho, para mí son un misterio, inalcanzables, algo de lo que no puedo hablar. Y con Dios es...

– ¿Y el juego?

– Ah, sí. El juego es al revés: a las cosas, que sí tienen colores, las llamo con lo más conocido para mí... un kopek, un perfume... la vergüenza, el temor...

Así pasábamos el tiempo. Yo la entretenía con mi juego y ella pintaba de colores mis horas ciegas.


Hoy se cumple un año de su última visita. Tal vez por eso quiero recordar. Recuerdo los pasos ancianos del Padre Anatoly subiendo la escalera. Recuerdo su voz cargada de lágrimas diciendo que mi pequeña Mashenka había muerto. Lloré. El kopek se oscureció, las firmezas cayeron taladas, solamente quedó el frío y el temor... Lloré. Lloré y la noche fue más oscura. Lloré y el silencio fue más callado. Entre sollozos interrogué al Padre Anatoly sin pensar lo que decía.

– ¿De qué color fue su muerte? – No tenía respuesta la pregunta enceguecida por el dolor, pero el santo sacerdote respondió:

– Dorada... Y ahora ella goza para siempre del Dorado...

miércoles

El monstruo

– ¡Soy un monstruo, una bestia horripilante! –exclamaba entre lágrimas cada vez que se miraba en el lago. Su cuerpo era negro como el carbón y nada atenuaba tanta oscuridad; de su boca salían dos fuertes mandíbulas que parecían tenazas; tenía seis grandes patas que terminaban en garras ganchudas. – ¡Soy horrible, soy un monstruo!

Pobre hormiguita. Me hubiera gustado decirle que deformaba su imagen al centrarse tanto en sí misma agigantando su diminuta figura.

martes

Benedicite Dominum - IV

¿Es que las aves florecen? ¿O acaso las flores trinan? Misterio; misterio de perfumes y armonías.